CAPÍTULO TERCERO.
AÑOS DOLOROSOS 1881 - 1883.
Alumna en la Abadía.
Tenía yo ocho años y medio cuando Leonia salió del internado y yo ocupé
su lugar en la Abadía.
He oído decir muchas veces que el tiempo pasado en el internado es el
mejor y el más feliz de la vida. Para mí no lo fue. Los cinco años que pasé
en él fueron los más tristes de toda mi vida. Si no hubiera tenido a mi lado
a mi querida Celina, no habría aguantado allí ni un mes sin caer enferma...
La pobre florecita había sido acostumbrada a hundir sus frágiles raíces en
una tierra selecta, hecha expresamente para ella. Por eso se le hizo muy
duro verse en medio de flores de toda especie, que tenían a menudo
raíces muy poco delicadas, y obligada a encontrar en una tierra ordinaria la
savia que necesitaba para vivir...
Tú me habías educado tan bien, Madre querida, que cuando llegué al
internado era la más adelantada de las niñas de mi edad. Me pusieron en
[22vº] una clase en la que todas las alumnas eran mayores que yo.
Una de ellas, de 13 a 14 años de edad, era poco inteligente, pero sabía
imponerse a las alumnas, e incluso a las profesoras. Al verme tan joven,
casi siempre la primera de la clase y querida por todas las religiosas, se ve
que sintió envidia -muy comprensible en una pensionista- y me hizo pagar
de mil maneras mis pequeños éxitos...
Dado mi natural tímido y delicado, no sabía defenderme, y me contentaba
con sufrir en silencio, sin quejarme ni siquiera a ti de lo que sufría. Pero no
tenía la suficiente virtud para sobreponerme a esas miserias de la vida y mi
pobre corazoncito sufría mucho...
CAPÍTULO TERCERO.
AÑOS DOLOROSOS 1881 - 1883.
Alumna en la Abadía.
Tenía yo ocho años y medio cuando Leonia salió del internado y yo ocupé
su lugar en la Abadía.
He oído decir muchas veces que el tiempo pasado en el internado es el
mejor y el más feliz de la vida. Para mí no lo fue. Los cinco años que pasé
en él fueron los más tristes de toda mi vida. Si no hubiera tenido a mi lado
a mi querida Celina, no habría aguantado allí ni un mes sin caer enferma...
La pobre florecita había sido acostumbrada a hundir sus frágiles raíces en
una tierra selecta, hecha expresamente para ella. Por eso se le hizo muy
duro verse en medio de flores de toda especie, que tenían a menudo
raíces muy poco delicadas, y obligada a encontrar en una tierra ordinaria la
savia que necesitaba para vivir...
Tú me habías educado tan bien, Madre querida, que cuando llegué al
internado era la más adelantada de las niñas de mi edad. Me pusieron en
[22vº] una clase en la que todas las alumnas eran mayores que yo.
Una de ellas, de 13 a 14 años de edad, era poco inteligente, pero sabía
imponerse a las alumnas, e incluso a las profesoras. Al verme tan joven,
casi siempre la primera de la clase y querida por todas las religiosas, se ve
que sintió envidia -muy comprensible en una pensionista- y me hizo pagar
de mil maneras mis pequeños éxitos...
Dado mi natural tímido y delicado, no sabía defenderme, y me contentaba
con sufrir en silencio, sin quejarme ni siquiera a ti de lo que sufría. Pero no
tenía la suficiente virtud para sobreponerme a esas miserias de la vida y mi
pobre corazoncito sufría mucho...

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